lunes, 16 de mayo de 2011

KANT, SCHILLER Y LA EXPERIENCIA DE LA BELLEZA

Kant forjó una de las filosofías más influyentes de la modernidad. Su filosofar impuso infranqueables límites al sujeto de conocimiento. La dimensión de la belleza, la singularidad de la experiencia estética, adquiere un lugar fundamental en la Crítica del juicio. Schiller, en sus Cartas sobre la educación estética del género humano, continuó una aguda indagación del significado de lo bello, de la libertad de la creación artística pensada como el instinto del juego.

Descartes inició la aventura. El mundo de la experiencia es tierra movediza, arena precaria. Es el paisaje de la fragilidad donde se hunden los principios sólidos. En las dunas de la materia y el espacio, vive el error, la opinión de piel tornadiza, las torres elevadas sobre tradiciones que se repiten sin pensamiento ni demostraciones de sus certezas. La verdad firme no se halla en el afuera, ni en las colisiones de los sistemas filosóficos, o el perfeccionamiento de retóricas escolásticas.
Y luego es Kant, Junto con Berkely, Fichte, Schelling, Hegel, Kant consuma el salto idealista. El sujeto ya no encuentra afuera un mundo preexistente permeable a la diegesis o explicación racional. El sujeto ahora crea. Crea lo conocido, lo representado, el objeto, el horizonte de toda experiencia posible, la arquitectura universal y objetiva de la naturaleza. Como en la teoría artística romántica, el sujeto ya no es espejo, sino candil o lámpara que, detrás de su desbordamiento, desde la interioridad del sujeto, abre el afuera, proyecta el espacio y el tiempo, el tejido de los objetos de nuestra experiencia.

El entendimiento con sus categorías (la causalidad entre ellas) constituye el horizonte universal de la naturaleza, un orden a priori, e invariable en cuanto a su estructura trascendental.
Es por lo tanto subjetiva y a priori. El juicio estético, el juicio vinculado a la valoración de la belleza y su generación de placer, será también apriorístico y subjetivo. Kant así, en su Crítica del juicio, pensará la estética más allá de las apreciaciones personales respecto a lo que es bello. Como veremos a continuación, el pensador de la mirada trascendental iniciará la reflexión que descubrirá la estética como sitio de la liberación de los objetos de la naturaleza, y como placer de la reintegración o reconciliación del sujeto, antes herido por el dolor, por el displacer de la dualidad.
La percepción de lo bello no es inicio de una senda de medios hacia un fin específico. En la dimensión estética, el sujeto se emancipa de una acción orientada hacia un logro particular. Por otro lado, el conocimiento estético bulle sin conceptos, sin el imperativo de una demostración conceptual o justificación lógica del singular contenido de belleza del objeto bello. La belleza no expresa al objeto en sí mismo, no revela así un concepto universal y necesario que determine lo bello de una cosa, sea ésta un lago, una rosa, un paraje nevado o el cuerpo ondulante y espumoso del mar. El objeto bello no posee explicación, es indefinible, inútil y gratuito. No es efecto de un concepto ni, como observamos antes, de una finalidad.
Pero la ausencia del concepto no significa ausencia de forma. El juicio estético expone una forma universal y a priori de la experiencia. "La belleza es la forma de la finalidad de un objeto en cuanto ésta es percibida sin la representación de un fin". El juicio estético es una "finalidad sin fin", el objeto experimentado desde el placer estético es libre de toda finalidad, de todo concepto. El juicio estético siempre se remitirá a la percepción de un objeto singular, en un sitio particular del espacio y el tiempo. Pero la experiencia de este objeto bello concreto, empírico y singular, se despliega como universal dado que puede afectar a la diversidad de los sujetos. Lo bello no desciende desde un mero concepto; sólo nace cuando el objeto afecta a un sujeto. La belleza no brota del objeto mismo sino del modo como un sujeto lo percibe; y esta recepción sí adquiere la condición de una forma apriorística y universal.
  La universalidad del juicio estético satisface al entendimiento y su determinación de un orden general. Pero lo universal del juicio estético carece de un concepto dado, carece de un fin, está libre de una ley condicionante; es una "legalidad sin ley". La imagen de la belleza experimentada por el sujeto nace así de la imaginación, de la imaginación estética. Entonces, "sea lo que sea el objeto (cosa o flor, animal u hombre), no es representado y juzgado en términos de su utilidad, ni de acuerdo con cualquier propósito al cual pueda servir, ni tampoco en vista de su finalidad...En la imaginación estética, el objeto es representado más bien libre de todas esas relaciones y propiedades, siendo libre él mismo". La imaginación se representa ahora un objeto liberado. La belleza de un girasol no obedece a un concepto universal o a un propósito utilitario. La belleza de la planta, cuyo vegetal cuello sigue el baile del sol en el cielo, existe en la libre imagen imaginada por el sujeto.
La libertad se expande en la belleza del objeto como fuente de un placer desinteresado en el sujeto.
Pero lo estético preludia lo moral.
La estética señala, por vía indirecta o simbólica, la ley moral que se da a sí misma sin someterse a ninguna legalidad previa. La belleza así es "símbolo de la moral".
  La libertad moral se reconcilia con una naturaleza que, gracias a la imaginación estética, se hace libre, y supera su anterior existir bajo el entendimiento, y su orden necesario. La libertad del sujeto ahora impregna la polifonía de formas de la naturaleza.
Un señorío de la libertad del sujeto es también, y esencialmente, la creación artística. Kant pensará la diferencia entre belleza natural y arte. En el arte impera una obra o producir; por su parte, lo bello de la naturaleza deriva de un mero hacer. El arte es la obra (opus) que surge por medio de la libre voluntad creadora, del talento natural del genio que le confiere una regla al arte. Apreciar los objetos bellos es parte del gusto; su creación es atributo del genio. El genio apela al entendimiento como forma ordenadora de una imaginación desenfrenada. La belleza natural, valorada principalmente como producto de la naturaleza, carece de la mediación de una voluntad creadora. A su vez, "la naturaleza era bella cuando al mismo tiempo parecía ser arte...". Lo natural fulgura con el aura de lo bello cuando parece derivado de una activa libertad creadora. Sin embargo, la belleza natural sin la mediación del sujeto y del arte, en su simple inmediatez, no podría igualar el poder de la belleza artística nacida del genio creador. 
Pero la belleza no agota la experiencia estética. También lo sublime invade el pulso humano.
La preocupación kantiana por la diferencia entre lo bello y lo sublime comenzó ya en el estadio juvenil y precrítico de su pensamiento. Lo bello siempre resplandece a través de las formas de lo visible y limitado. Lo bello es aprehensión de un objeto limitado, mesurado. Lo sublime, en cambio, es el reino de lo desmesurado, lo inacabable, lo ilimitado. Lo sublime matemático es la experiencia de la grandeza desmesurada.

Y es oportuno ahora atender a una propagación de la reflexión estética kantiana sobre la belleza en las cercanas colinas de la teoría romántica del arte. En la interpretación de Marcuse, Schiller continúa el poder reconciliador de opuestos que aflora en la estética kantiana. El romántico autor de Wallestein, crítica y supera, acaso, al Kant de la Critica de la razón práctica.
En la materia por sí sola no resplandece lo bello. El contenido material actúa en lo particular, en lo inmediato y sensorial. La belleza, centro de lo estético, precisa de la forma y su universalidad. Esta forma expresa también la idea, la esencia humana, el hombre ideal. La humanidad genuina que revela el estadio estético es la unidad donde la forma, la razón, el pensamiento, y lo material, lo corporal y sensual, se integran armoniosamente.
El hombre gime en la disociación. La fragmentación lo despoja de su genuina humanidad. Su vida oscila entre lo mecánico y lo artificial. Sólo en el sendero de la reconciliación con su unidad ideal, el hombre podrá recuperar su fulgor verdadero, su auténtica condición humana. Sólo lo estético podrá cauterizar y re-unir, al superar lo falso, y refundar al hombre. Según Schiller, la experiencia estética de la belleza exhuma un instinto hasta ahora desconocido, no cultivado, que surge de la superación de los dos instintos iniciales que dividen al hombre.  
Esta es la realidad dada y establecida sobre el sujeto. La libertad genuina sólo erupciona en la salida de la realidad como necesidad o seriedad, y en la superación de la diferencia entre los instintos iniciales del sujeto. Desde el centro de la subjetividad emerge una fuerza mediadora que, como un imán, atrae e integra. La magnética pulsión de la unidad brota de la belleza que "conduce al hombre, que sólo por los sentidos vive, al ejercicio de la forma y del pensamiento; la belleza devuelve al hombre, sumido en la tarea espiritual, al actuar con la materia y el mundo sensible". La belleza no puede refulgir en las meras sensaciones, en un mero vértigo sensorial. Necesita de una forma, de un principio ordenador afín al pensamiento. A su vez, la forma no podría ser belleza sin su cristalización en un contenido material.
  Y la belleza es propiamente la apariencia.

Es el tercer instinto, el instinto de juego. Cuya creación de belleza conduce al agrado y al placer. El hombre se adorna. Juega. Y así, el "impulso estético", lo guía hacia "un tercer reino, un reino alegre de juego y de apariencia, donde el hombre se despoja de los lazos que por doquier le tienen sujeto y se libera de todo cuanto es coacción, tanto en lo físico como en lo moral".  
  Y el hombre que juega en la libre creación artística de la belleza construye la utópica anticipación de la postergada sociedad libre. Sólo mediante la libertad estética se arribará a la libertad política.

En la estética kantiana el hombre se reintegra en una unidad placentera. Y el objeto se libera, no en su pura existencia fáctica, sino en su ser percibido por el sujeto. La naturaleza pareciera así que ingresa en el prado radiante de la libertad; ya no sería sólo la estructura invariable exhalada por el sujeto de conocimiento. Sin embargo, estimamos que la naturaleza encendida por la imaginación estética kantiana desconoce una forma originaria de la libertad. La naturaleza, el orden universal de la materia, que podría ser belleza con independencia del sujeto. Son conocidas las razones kantianas para negar el conocimiento de esa realidad natural preexistente, que trasciende o supera al sujeto. El sujeto sólo comprende el afuera desde la mediación de su estructura cognoscitiva a priori. El sujeto nunca ve lo que es, sino lo que su mirada le permite abrazar y conocer. La finitud del sujeto se convierte así en la única playa donde las olas de un mundo posible y "real" pueden entregar su rumor continuo. Las cosas mismas, una naturaleza sin hombre, sin sujeto, es postulable, es pensable. Pero no es habitable; es lugar negativo, sin significado ni real existencia. La modernidad kantiana se contenta con la libertad estética del sujeto, o de un objeto que sólo es en tanto es percibido como libre forma desinteresada por ese sujeto.
  Lo estético en Kant habla del sujeto y no de una posible realidad anterior o independiente a la subjetividad. En su Introducción a la estética, Hegel asegura que la estética kantiana "es, a fin de cuentas, sólo subjetiva, es decir, realizada por el sujeto, y existe sólo en virtud de su juicio, no responde a la verdad y a la realidad en sí. Esta subjetividad de lo estético se repite también en Schiller dado que belleza sólo es en tanto tenemos una sensación de ella, porque lo bello es "un estado nuestro y un acto nuestro". En el autor de las Cartas ... la lúdica creación de la belleza existe en el sujeto y su percepción antes que en la propia realidad natural. Lo bello, en su más alta cumbre, expresa la plenitud realizada de un hombre ideal, no el brillo más incandescente o autosuficiente de la geografía material de la naturaleza.
La teoría estética de la "finalidad sin fin", o el instinto del juego de Schiller, celebran lo bello en la propia mirada; inhiben así toda apertura a la alteridad de la belleza que resplandece donde el sujeto se extingue o desaparece. Se elabora entonces una estética de lo bello para el sujeto donde se pierde la alteridad de lo bello. La comprensión de esta alteridad surge, estimo, cuando repensamos la belleza, el arte y el sujeto en el contexto de una historia natural. La reducción de lo bello a un estado del sujeto, a "un estado nuestro y un acto nuestro", se diseña sobre una violenta ilusión temporal. La naturaleza como posible orden y belleza empieza a ser en tanto es ordenada, producida o experimentada por un sujeto como legislador y creador de la posibilidad de lo bello artístico. La realidad es únicamente desde el sujeto. Antes de su actividad constituyente, la naturaleza sólo podría ser una dispersión caótica de sensaciones, o una región de particularidades. La forma universal de lo natural sólo es al ser pensada por el sujeto. La belleza verdadera es la introducida en el espacio y el tiempo por la creación artística. Si existe una belleza natural es siempre inferior a lo bello artístico que vierte el sujeto sobre las cosas, sobre la materia antes mecánica y desespiritualizada. La estética subjetivista subestima o no comprende la posibilidad de una belleza plena sin la mediación del sujeto. Es la incapacidad del antropocentrismo moderno de abrirse a lo real que no precisa de un acto ordenador de nuestra conciencia. Bien lo sabemos: es imposible eludir el ver a través de nuestra visión particular como especie, y como sujetos situados históricamente. La montaña de bella cima blanca, que ya era antes de la aparición del hombre entre los otros seres vivos del planeta, es distinta para el otro ver del águila, el tigre, o del hombre prehistórico. La elevación de bella corona blanca quizá sea algo muy distinto a la maontaña que vemos. Pero sólo la desmesurada importancia de nuestro ver le arrebata a la montaña su posible existir bello y enigmático, con independencia de nuestra presencia y nuestro mirar.
 Y quizá es una belleza del mundo, que se irradia y es sin necesidad de ser vista. Y quizá el concierto de lo bello entrega su música que no depende del canto y la composición humana. Tal vez una belleza renuente a ser expresada por cualquier estética filosófica ya era antes de que el ojo humano parpadeara ante el cielo extraño, y el primer crepúsculo. La alteridad y preexistencia de lo bello que no es para el sujeto, sino que es en su presencia enigmática, late en un salvaje estar ahí. Que brilla. Sin conceptos. Insoportable existir para el sujeto que necesita ordenar y explicar. La extraña aura de esa belleza que las montañas y los ríos ya poseían, antes que el hombre caminará en la tierra sin entender. La belleza que no precisa del sujeto que le permita a los objetos ser. La belleza del cielo sembrada de lluvias. Que acaso imaginó la gran fuerza misteriosa. Que ahora se oculta. Pero que aún respira en el viento.

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